La segunda flecha: cuando el dolor se convierte en sufrimiento

Enseñanzas

Hay dolores que no podemos evitar. Una enfermedad, una pérdida, una separación, una decepción, una palabra que nos hiere, el miedo ante aquello que todavía no sabemos cómo terminará. La vida, por mucho que intentemos protegernos de ella, siempre encuentra alguna grieta por la que recordarnos que nada permanece exactamente como queremos.

El budismo nunca prometió una existencia sin dolor. De hecho, comienza precisamente reconociendo su presencia. Lo que sí plantea es algo mucho más profundo: aunque no siempre podemos elegir aquello que nos ocurre, existe una parte considerable de nuestro sufrimiento que nace después, cuando la mente empieza a luchar contra lo sucedido.

Buda explicó esta diferencia mediante una imagen extraordinariamente sencilla: la de las dos flechas.

Imaginemos que alguien camina por un bosque y una flecha le atraviesa el brazo. El dolor es inmediato. No lo ha elegido, no puede fingir que no existe y ninguna filosofía hará desaparecer mágicamente la herida.

Pero entonces ocurre algo extraño: esa misma persona toma una segunda flecha y se la clava a sí misma.

La primera flecha era inevitable.

La segunda no.

La primera flecha

La primera flecha representa aquello que sucede.

El cuerpo enferma. Alguien que amamos se marcha. Perdemos un trabajo. Una relación termina. Nos equivocamos. Recibimos una noticia que no esperábamos. Alguien nos trata injustamente. Nuestro cuerpo envejece. Un proyecto al que habíamos dedicado meses fracasa.

También existen pequeñas flechas cotidianas: el atasco, una discusión, un correo desagradable, algo que se rompe cuando más lo necesitamos, una noche en la que no conseguimos dormir.

Todo eso pertenece al territorio de la experiencia.

Sentir dolor ante ello no significa haber fracasado espiritualmente. La tristeza no demuestra falta de sabiduría. Tampoco el miedo, la frustración o el cansancio.

Buda no enseñaba a convertirnos en piedras.

La primera flecha duele.

Y tiene derecho a doler.

La segunda flecha

El problema comienza unos segundos, minutos o días después, cuando la mente empieza a construir una historia alrededor de aquello que ha sucedido.

«Esto no debería haber pasado.»
«Siempre me ocurre lo mismo.»
«No voy a poder soportarlo.»
«¿Por qué me hizo esto?»
«Seguro que todo irá a peor.»
«He perdido mi oportunidad.»
«Nunca volveré a ser feliz.»
«Si hubiera hecho aquello…»
«¿Y si mañana sucede también esto otro?»

La primera flecha pertenece al presente.
La segunda puede atravesar el pasado, recorrer veinte futuros imaginarios y regresar de nuevo al presente antes de que terminemos de beber una taza de té.

Una sola experiencia dolorosa puede convertirse así en cientos de experiencias mentales.

El acontecimiento ocurrió una vez.

Nosotros podemos repetirlo mil.

El extraordinario poder de la mente para fabricar sufrimiento

Nuestra mente tiene una capacidad maravillosa: puede recordar lo sucedido, anticipar lo que todavía no existe, imaginar posibilidades, detectar peligros y aprender de la experiencia.

Esa capacidad ha sido fundamental para nuestra supervivencia.

Pero posee también un reverso.

Podemos sufrir por algo que ocurrió hace diez años como si estuviera sucediendo esta mañana. Podemos sentir ansiedad por una conversación que quizá nunca tendrá lugar. Podemos discutir mentalmente con alguien que ni siquiera se encuentra en la habitación.

El cuerpo, mientras tanto, responde.

El corazón se acelera. Los músculos se tensan. Aparece el miedo, la rabia o la angustia.

La situación imaginada no está ocurriendo.

Pero nuestra experiencia del sufrimiento sí.

Por eso la segunda flecha puede llegar a ser mucho más dolorosa que la primera.

Aceptar no significa resignarse

Aquí aparece una de las confusiones más habituales cuando se habla de enseñanzas budistas.

Aceptar lo que ocurre no significa aprobarlo.

Aceptar una injusticia no significa permitirla. Aceptar que alguien nos ha hecho daño no significa volver a confiar en esa persona. Aceptar una enfermedad no significa dejar de buscar tratamiento. Aceptar que hemos cometido un error no significa renunciar a repararlo.

Aceptar significa simplemente dejar de discutir con un hecho que ya existe.

Si está lloviendo, podemos buscar un paraguas, refugiarnos o cambiar nuestros planes. Podemos incluso enfadarnos porque teníamos preparada una excursión.

Pero ninguna cantidad de enfado conseguirá que deje de estar lloviendo.

La aceptación comienza en una frase extraordinariamente sencilla:

Esto es lo que está ocurriendo ahora.

Desde ahí podemos actuar.

La resistencia, en cambio, añade otra frase:

Esto no debería estar ocurriendo.

Y entonces comienza la batalla entre la realidad y nuestros deseos.

Una batalla que la realidad siempre termina ganando.

El sufrimiento necesita una historia

Observa durante un momento alguna preocupación que tengas actualmente.

Intenta separar los hechos de la narración.

Quizá el hecho sea:

«Todavía no me han contestado.»

Pero la mente añade:

«No me han contestado porque algo va mal. Seguramente han rechazado mi propuesta. Siempre termino estropeándolo todo.»

Quizá el hecho sea:

«Esta persona está enfadada conmigo.»

Y la historia continúa:

«Nunca me ha comprendido. Después de todo lo que he hecho. Seguro que además está hablando mal de mí.»

Quizá simplemente exista una molestia física.

Y enseguida aparece:

«¿Y si es algo grave? ¿Y si empeora? ¿Y si dentro de seis meses…?»

No significa que esas posibilidades sean imposibles. Algunas pueden incluso resultar ciertas.

La cuestión es otra.

¿Está ocurriendo ahora mismo aquello que estás sufriendo?

Muchas veces descubriremos que una parte importante del dolor pertenece al acontecimiento real, pero otra enorme parte procede de una película que la mente está proyectando sobre él.

Ahí encontramos la segunda flecha.

No dispararse la segunda flecha

Evitar la segunda flecha no consiste en ordenar a la mente que deje de pensar. Tampoco en repetirnos frases positivas mientras intentamos esconder aquello que sentimos.

Consiste en observar.

Sentir la primera flecha plenamente y descubrir qué aparece después.

«Hay tristeza.»
«Hay miedo.»
«Hay rabia.»

Y después:

«Mi mente está imaginando.»
«Mi mente está juzgando.»
«Mi mente está recordando.»
«Mi mente quiere escapar de esta sensación.»

Cuando podemos observar estos procesos dejamos de estar completamente atrapados dentro de ellos.

La emoción sigue ahí.

Pero aparece un pequeño espacio entre la experiencia y nosotros.

Y dentro de ese espacio comienza la libertad.

¿Quién está sufriendo ahora?

Existe una pregunta que puede resultar especialmente útil cuando la mente entra en uno de esos interminables laberintos:

¿Qué está ocurriendo exactamente en este instante?

No dentro de una hora.

No mañana.

No dentro de cinco años.

Ahora.

Tal vez descubramos que estamos sentados en una habitación. Respirando. Escuchando un sonido lejano. Sintiendo una tensión en el pecho y observando pensamientos que aparecen y desaparecen.

El problema que nuestra mente estaba viviendo como una gigantesca realidad quizá exista solamente como una posibilidad futura.

Esto no hace desaparecer nuestras responsabilidades. Tendremos que afrontar conversaciones difíciles, resolver problemas, tomar decisiones o aceptar pérdidas.

Pero podemos hacerlo cuando llegue el momento.

No necesitamos vivir cien veces por anticipado aquello que quizá tengamos que vivir una sola vez.

La práctica está en las pequeñas flechas

Es fácil comprender esta enseñanza leyendo sobre ella.

Lo difícil comienza cuando alguien nos irrita.

Cuando un coche se cruza delante del nuestro.

Cuando alguien tarda demasiado en responder.

Cuando esperamos una llamada.

Cuando nuestros planes cambian.

Ahí está la práctica.

Podemos observar el instante exacto en que aparece la primera flecha y comprobar cómo nuestra mente busca inmediatamente la segunda.

Algo ocurre.

Surge una sensación desagradable.

Después aparece la interpretación.

Después otra.

Después otra.

Y en pocos segundos ya no estamos reaccionando únicamente a lo sucedido, sino a todo el universo que hemos construido alrededor.

Reconocer ese momento, aunque solo sea de vez en cuando, cambia poco a poco nuestra relación con la experiencia.

Incluso la segunda flecha merece compasión

Hay todavía una trampa más sutil.

Descubrimos que estamos preocupados.

Recordamos la enseñanza.

Y pensamos:

«Otra vez estoy haciéndolo. No debería preocuparme. Después de tantos años todavía no soy capaz de controlar mi mente.»

Acabamos de disparar una tercera flecha.

El camino budista tampoco consiste en castigarnos por sufrir.

Si descubrimos que llevamos horas atrapados en nuestros pensamientos, simplemente podemos observarlo.

Sin juicio.

La mente estaba haciendo aquello que lleva toda una vida aprendiendo a hacer.

Ahora somos conscientes de ello.

Eso ya es despertar.

No necesitamos arrancar violentamente el pensamiento. Podemos dejarlo pasar como dejamos pasar una nube.

Quizá vuelva.

Lo observamos otra vez.

Quizá vuelva cien veces.

Cien veces regresamos.

La práctica no consiste en no distraerse nunca.

Consiste en darse cuenta.

Una flecha es suficiente

No podemos construir una vida en la que nada nos hiera.

Amar significa aceptar la posibilidad de perder. Vivir significa cambiar. Tener un cuerpo significa envejecer. Elegir implica equivocarse alguna vez. Relacionarnos con otras personas significa exponernos a la incomprensión, al conflicto y a la decepción.

Pretender eliminar todo aquello que pueda producir dolor sería intentar eliminar la propia vida.

La enseñanza de las dos flechas propone algo diferente.

Cuando llegue el dolor, sentirlo.

Cuando llegue la tristeza, reconocerla.

Cuando aparezca el miedo, escucharlo.

Pero antes de tomar otra flecha y clavárnosla nosotros mismos, observar qué está haciendo nuestra mente.

Quizá descubramos entonces algo sorprendente.

La vida ya trae suficientes flechas.

No necesitamos fabricar las nuestras.

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